Cavilo frente a la blanca hoja
Mientras nosenopuedo de mi se adueña
Busco la palabra que mi alma sueña
Y la busco en esfuerzo vano
La busco sin encontrarla porque la amo
Mientras ella de mi mente se aleja.

La inexistente, la no concebida…
Palabra mía perdida en la blancura
Impensado universo de mi locura
Angelical caída a los infiernos
Aguardo el momento de vernos
En insondable instante de mi vida.

Abismo blanco y profundo
De la hoja virgen de palabras
Para que el corazón joven se abra
Busco la deseada amante esquiva
Como un barco fantasma a la deriva
Inexistente palabra de otro mundo…

Ciego de tanta atroz blancura
Nosenopuedo destroza mis simientes
Me ata, me aprieta fuerte los dientes,
Se ríe martillando mi pobre alma
Me despoja cruel de toda calma
Me rodea con su densa espesura…

La inexistente palabra amada espera
No sé si es esdrújula o aguda
Desconozco también su largura
Pero mi ignorancia la búsqueda no trunca
Porque aunque no la encuentre nunca
La sabré siempre verdadera.

Buscando mi palabra me redimo,
Sobre mis miserias diarias me elevo
Me construyo un hombre nuevo
Nadie si no yo la podrá pronunciar
Porque si asi fuera dejaría de anhelar
La pesada cruz de mi destino

Me lanzaré ansioso y feliz suicida
Al precipicio del blanco brumoso
Al encuentro mágico y hermoso
De la bella inexistente amada
Cuando de mi carne no quede nada
Cuando nada quede de mi vida…

Ella estará esperandome altiva,
Nos miraremos un solo instante
No pronunciaré su nombre vibrante
Para no desatar tempestades
Para que no sepan en el Hades
Que la inexistente está viva…

Perdería su encanto al ser nombrada
Tanto es el amor que me provoca
Que por amor la quitaría de mi boca
Para que el olvido conserve la inocencia
Y que nadie sepa de su presencia
Para que siga siendo mi eterna amada…

Asi resguardaré su virginidad
Su impoluta presencia no existente
En mi interior vivirá silente
Es el olvido la irrefutable prueba
De este puro amor que lleva
Mi alma ciega en su nadidad…

Anuncios

El anciano vestido de rojo pasaba desapercibido en medio de la multitud que viajaba en subte. En Avenida de Mayo y Cerrito subió las escaleras que lo depositaron en la vereda y caminó dispuesto a captar clientes. Trató de elegir los candidatos por su aspecto, se acercó a los que parecían más desesperados, a los deprimidos y a los que no tenían una sola esperanza.

Les ofreció su mercancía pletórica de bienestar, de lujos y comodidades a cambio de sus corazones, pero uno a uno los posibles clientes lo fueron rechazando. Incluso algunos apurados se lo llevaron por delante, ensimismados en sus urgencias y problemas. Lo primero que comprobó el anciano vestido de rojo fue que la mayoría de la gente lo ignoraba, pero no porque hubiera abundancia ni bienestar… sino por una carencia. El viejo comprendió muy bien lo que pasaba, se dió cuenta que lo que les faltaba a sus clientes no eran los placeres que él les vendía…

Bajó corriendo las escaleras del subte y cuando volvió a la calle se puso a vender corazones…

La caverna intrincada y oscura era el escenario tétrico del gran juicio. La hechicera sentada, herética, segura e implacable esperaba por los tres acusados que aparecieron de a poco en la penumbra de la cueva. Ningún sonido, ninguna exclamación, casi no había emoción en el aire.

Los tres acusados tomaron su lugar como siguiendo los movimientos de un antiguo rito de iniciación. La verdad, el amor y la comprensión esperaban pacientes su sentencia.

La verdad era acusada de vestir ropas ajenas y de una morbosa inclinación hacia los disfraces.

El amor era acusado de permanecer con los ojos cerrados y de un cierto desinterés por las cosas materiales.

La comprensión, a su vez, tenía sobre sus espaldas la acusación de no facilitar en encuentro entre la verdad y el amor.

Pacientemente la hechicera mezclaba las pociones sin reparar en la premura del juicio. Su tiempo era un tiempo flácido, cambiante y escurridizo, su cara denotaba la fuerza de su fe, la explosión de lo inevitable, la seguridad de ser…

Las falsas creencias, los pensamientos idiotas y los miedos revoloteaban torpemente alrededor del caldero presagiando una condena, una eterna condena. Un águila inevitable y oscura planeaba en las mentes.

Pero la hechicera no hacía caso de los revoloteos, con una seguridad ancestral y una femenina sonrisa seguía con su alquimia ritual invocando las fuerzas de la madre naturaleza. El líquido del caldero se conmovió y empezó con los primeros borbotones iluminando la caverna.

Fue entonces cuando el amor abrió los ojos y conoció a la verdad, la verdad se desnudó y escuchó a la comprensión hablar del amor y la comprensión unió las manos de los acusados…

En ese momento la hechicera logró su poción mágica perfecta, dió de beber a los tres acusados… y logró la absolución.

“Voy a recorrer el cuerpo y vuelvo” le dijo el escalofrío a su esposa….

SILENCIO

Muchos dicen que no lo conocen, que nunca lo han visto, pero yo se que no es así… A esos los he visto varias veces en su compañía, pero les da vergüenza admitirlo. Cuando él se nos presenta no hay forma de evadirlo. Yo ni sé calcular cuantos años tiene, pero se que son muchos. Creo haberlo conocido en los albores de mi pubertad, cuando existia lo obligación de ser muy hombre…
Aquél día caminaba por la calle ruidosa e insolente, la tarde se superpoblaba de bocinazos sin ton ni son…Cuando entré al bar me dí cuenta que estaba vacío, sin un solo parroquiano. Hasta el viejo Cosme había abandonado su lugar en la barra. Sòlo el silencio permanecía allí, tal vez con la esperanza de encontrarse con alguien con quien dejar de ser lo que era. Lo saludé con un leve movimiento de cabeza y me senté a su lado, pero él siguió siendo él mismo.
El silencio bebía una copa vacía olvidada por algún aprendiz de suicida,uno de los tantos que frecuentaban el bar. Estuve bebiendo con él el resto de un whisky que se resistía a desaparecer desde el fondo de un vaso silencioso. Lo miré de frente con la esperanza de verlo fracasar, deseando que su impaciencia fuera superior a al mía, pero todo fue inútil… Pasamos varios minutos sin decirnos nada, simplemente permaneciendo callados en aquél bar sombrío. El era fuerte y seguro de sí mismo y yo me fui acostumbrando a su presencia como los viejos matrimonios que se toleran sin conflictos después de toda una vida juntos. Por un momento pensé que se iba a confesar derrotado, pero después comprobé que su fortaleza surgía de una energía ancestral, que no podía renunciar a lo que era.
El silencio y yo nos hicimos uno y desde ese día nos encontramos siempre en el mismo bar… ya no bebo más solo.

LA LÁGRIMA DE LA MEMORIA

Después de las grandes batallas nacen las reflexiones que pintan de tristeza las almas de los combatientes. El cielo púrpura sostenía con dificultad a un sol sangrante…
Todavía el humo no se había disipado, el hedor de azufre y pólvora se entremezclaba entre las lanzas, los escudos y los restos de negras armaduras quemadas.
Auridam, el héroe de los dragones de la antigüedad  contemplaba  su pasado reflejado en la última gota del Gran Diluvio Universal que se balanceaba  en el extremo retorcido de una rama del Arrayán gigante.
El dragón de jade permanecía recostado sobre una roca que le servía para aplacar el dolor de sus heridas y respiraba con dificultad tratando de alargar su agonía recordando las gloriosas épocas donde los elfos y los dragones luchaban juntos contra las hordas asesinas de los orkos. En cada inspiración los recuerdos se agrupaban en su frente como las gotas de transpiración. En cada lenta exhalación los mismos recuerdos buscaban el viento suave del atardecer como queriendo volver a una patria lejana.
Las guerras entre los dioses habían terminado,  las  épocas de las grandes  lluvias habían  cesado y de eso sólo quedaba la última gota después de la gran lluvia en la que se podían ver los hechos más importantes de la historia de los dragones… Monstruosas batallas, luchas fraticidas y traiciones perdonadas desfilaban en una gigantezca  caravana de imágenes dentro de esa minúscula gota. Esa ínfima expresión del agua diluviana era el archivo mágico de un pasado imborrable pero frágil. Toda esa información estaba a punto de perderse, en pocos segundos  la gota se desplomaría sobre los restos humeantes  de un orko.
Auridam pensó en los niños humanos que vendrían después de él y temió por el destino de la gota.
Entonces el dragón de jade, el último héroe draconiano tomó la gota entre sus garras y se la colocó en su ojo derecho. Desde entonces se la conoció como la lágrima de la memoria. Una lágrima que jamás deberá ser derramada…

F i n

FANTASMAS  DEL  INTERNACIONAL

Talcahuano y Lavalle. Sentado junto a la ventana del Café Internacional, un sesentón Banegas miraba su propia cara en el vaso de ginebra. Un rostro duro, condecorado con alguna cicatriz de un pasad0 retobón y peleador se reflejaba en el pequeño espejo aguardentoso. De tanto en tanto parecía hablar en voz baja con alguien invisible para cualquier parroquiano, pero no para él. Afuera, un Ford T último modelo se abría paso en la calle empedrada compitiendo desleal y prepotente con un carro lechero amorosamente fileteado. “Buenos Aires ya no es la misma”…, pensó, “demasiadas ruedas, demasiado metal, demasiadas luces y pocos patriotas dispuestos  a jugársela en alguna esquina”. Como en la revolución del  ’90,  aquél farol de hierro fundido lo contemplaba desde la placita. Estaba rodeado por un palenque para los caballos y un bebedero que había sido el mudo testigo de su decadencia.
Más allá, a unos cincuenta metros estaba la tienda caótica y colorinche del turco Abdala, su próximo encargo. El turco se había metido fiero con el Doctor Lynch, y algo había que hacer para remediar una situación así. Era algo totalmente inaceptable para cualquier político respetable. Y no es que el Doctor se lo hubiese pedido, pero le hizo saber su molestia y para el viejo Banegas eso era más que suficiente, aún cuando le faltaba entusiasmo para encarar una tarea de esta índole. Ya se imaginaba la escena con Abdala y su familia, encima con las mujeres de los turcos, que son tan pechugonas como exageradas en sus gritos y sus llantos. Y él no andaba con intenciones de escuchar aquellas voces. Por eso daba vueltas como un perro antes de acostarse, sin enfilar directamente hacia ningún sitio.  A Banegas sólo le quedaban los fantasmas y ese vaso de ginebra que ni siquiera se animaba a tomar de un trago, como antes, cuando trabajaba para el Doctor Lynch.
Un pibe se le acerca pidiéndole algo, le hace recordar su infancia pobre y dura en Barracas. Lo enternece ese muchachito de previsible destino, de violencia marginal, de crueldades cotidianas. Sin embargo no lo escucha, le impresiona más esa imagen de ciudadana desprotección que lo lleva a la fotografía mentirosa de un padre que nunca estuvo. Con una caricia y unos pocos centavos se lo saca de encima, queriendo borrar el pasado.
-¿Todavía no se fué, Banegas?- surgiendo del humo de los parroquianos, la silueta joven y amenazante de Arregui presagiaba fatalidad.
El viejo, instintivamente llevó la mano al cuchillo de la faja, como si eso le diera seguridad, aun cuando sabía que aquél muchacho presuntuoso tenía,sin dudas, una pistola.
– No,… todavía no- la respuesta fue cansina y la economía de palabras la otorgaba la experiencia.
– Mire Banegas, usted es un hombre grande y por eso lo respeto. Pero ya va siendo hora de ir buscando otros horizontes, tiene que darse cuenta cuál es su situación…
– Ahá,…y…¿Cuál sería mi situación?- preguntó Banegas sabiendo a la perfección la respuesta.
Sin pedir permiso Arregui se sentó frente al viejo, los ojos fijos, la expresión pétrea. Banegas no le aflojó la mirada, pero le repitió la pregunta mecánica que inevitablemente sonaba como un ruego. La respuesta cayó como un veredicto preconocido.
– El Doctor Lynch ya no lo necesita, ahora yo le estoy manejando el comité.-sentenció Arregui sonriendo con malicia.
-¿Manejando el comité o los comicios?- dijo irónicamente Banegas.
– Usted sabe bien que son la misma cosa, que los años no pasan en vano Banegas, la política ya no es lo que era.- las palabras de Arregui eran una daga sutil revolviendo una herida fresca.
– ¿Y qué es lo que sabe de política un pobre mercenario que todavía no aprendió a  afeitarse?-reflexionó socarronamente Banegas. Todavía le quedaban fuerzas y picardía para el duelo verbal.
– No me corra con la vaina, viejo, le puedo meter un chumbo en cualquier momento. Por lo pronto se que usted ya no es el mismo, ha estado perdiendo el respeto de casi todo San Telmo, por no decir de su propio barrio. En el lomo se le empiezan a notar los achaques y los encontrones. Lezama ya no le responde, y le llegó la hora de retirarse, aunque se niegue a aceptarlo. Hasta le han visto el miedo entreverado en los ojos…Y cuando el miedo llega aparecen los renuncios y se esfuma la parada…Usted era bastante bueno con el cuchillo pero… ¿Cuánto hace que no saca el cuchillo Don Banegas?
–  Hace mucho pibe, hace mucho…Antes yo también creía que en la política se podían hacer algunos ajustes mostrando el cuchillo… Pero ya no lo saco si no lo voy a usar.-la mano callosa y avejentada acariciaba el mango del cuchillo que tantas veces lo salvó de la parca.
– ¿No se da cuenta que todos lo están viendo caer?¿Por qué no termina con todo esto y se manda a mudar? El  tiempo se le está acabando, Banegas… Todavía puede tener una vida digna lejos de aquí.
– ¿Una vida digna?¿Qué sabrás vos de eso? Si nunca te enfrentaste mano a mano con nadie. Si la dignidad fuera matar gente de un tiro por la espalda vos serías un traidor muy digno.
– En lugar de torearme tendría que pensar en cuidar su pellejo.-dijo Arregui alzando la voz- Váyase, antes de que sea tarde…No me faltan las ganas de meterle un buen tiro en las entrañas.¿O acaso eso es lo que anda buscando?…Claro que sí, lo que le pasa es que tiene el peor de todos los miedos, el miedo a la vejez. Ahora me doy cuenta, no quiere verse destruído por los años y los achaques de un anciano, tiene miedo de esperar la muerte sentado en un bar como éste.
– Puede ser, pibe…puede ser. A veces la parca no viene aunque la llames, se hace la distraída….
– Por eso es que me provoca, quiere que me enoje y lo mate. El renombre que estoy teniendo estos últimos días le viene muy bien, no es lo mismo que lo mate cualquiera. Eso está claro, es preferible morir en mis manos que envejecer sin pena ni gloria.
– No te dés corte Arregui, que no sos tan importante. Es cierto que he venido a morir, pero no en tus manos.- respondió Banegas mirando la copa de ginebra.
– Lo que pasa es que no se anima a pelear, viejo maula, no le sale la bravura de otras épocas. Necesita calentura, odio, la sangre corriendo a borbotones por el cuello y ya no le queda nada de eso. Pero yo le voy a dar una mano, no necesito mucho para hacerlo calentar- dijo Arregui arrancándole de las manos el vaso de ginebra y tomándola de un trago en una clara actitud provocativa-¿Le parece suficiente, viejo cobarde?
Casi por primera vez Banegas bajó la mirada cansada meneando la cabeza. Después miró a los ojos a su oponente con cierta melancolía, como quien contempla un hijo que se le va junto al tiempo.
– ¿Sabés una cosa Arregui? Tenías razón, le tengo miedo a la vejez, no quería verme destruído por los achaques de una enfermedad lenta que me lleve a una muerte esperada. Nosotros no podemos morir así, como mueren casi todos los hombres comunes, no podemos… Tenías razón en casi todo, he pensado en morir pero no en una pelea con vos, quise venir a este café , donde todavía viven algunos de los fantasmas de la revolución del 90, para suicidarme. Quería morir junto a estos viejos fantasmas, muchos de ellos fueron compañeros míos en alguna que otra revuelta…  Si, no me mirés así, después de tanto matar gente sin motivo ya no quiero que hagan lo mismo conmigo, y menos por proteger a un doctorcito de éstos, estoy cansado de esperar a la parca a la salida de un comité. En realidad, ya casi ni voy al comité…¿Para qué? Asi que decidí terminar con mi vida bebiendo una ginebra envenenada, pero vos me lo impediste pibe, me dejaste sin mi muerte soñada.Donde menos lo esperás salta la liebre… Me condenaste a morir de viejo en algún conventillo por tu imprudencia y tu orgullo pavote. Me privaste del más corajudo de los lances… Me dijeron que este veneno no produce dolor y actúa rápido, como a vos te gusta…
Los parroquianos y los fantasmas del Café Internacional vieron levantarse al viejo Banegas mientras salía lento y cansino ajustándose el pañuelo de seda y el sombrero gris. Ante la fatal pelea malograda, algunos fantasmas pensaron que Buenos Aires ya no era la misma… Sobre la mesa húmeda y pegajosa del Internacional, Arregui dormía una borrachera eterna de ginebra .A las armas las carga el diablo, pero a los vasos de ginebra envenada se los toman los imprudentes… El Café Internacional tenía un nuevo fantasma.

FIN

UN PERFUME BARATO Y DULZÓN

Buenos Aires es una ciudad de cultura exuberante, de crímenes insospechados, absurdos y pocas veces resueltos. La noche húmeda y cerrada  bajaba  lenta acurrucando las almas y haciendo sospechosas las sombras de las esquinas. Los pasos sonaban en el empedrado como chasquidos con ecos difusos. Cuando el inspector Mendez llegó a la escena del crimen los técnicos y los fotógrafos de la Policía  ya estaban trabajando tomando medidas y huellas en un torbellino febril pero ordenado.
Probablemente la rutina hizo que nadie le prestara atención pero era mejor así, de esa manera  él investigaba con tranquilidad sin hablar con nadie que interrumpiera sus acostumbradas y claras deducciones. El “monstruo” Mendez, como lo llamaban todos, era uno de los mejores inspectores de la Policía aunque su aspecto desmentía  esa virtud. El sobretodo demasiado amplio y abierto enmarcaba una figura regordeta de poca altura. La espalda, levemente encorvada, remataba en una cabeza demasiado grande para su cuerpo sin gracia. La camisa desaliñada y una corbata impresentable  ayudaban a esconder la personalidad implacable de Mendez. Nunca se sabrá por qué le decían “monstruo”, si por su habilidad  para resolver crímenes o por su cara de boxeador con una lacónica expresión de gorila bueno.
La habitación pequeña correspondía a un hotel modesto perdido en el barrio de San Telmo, desagradable por donde se la mirara, ni siquiera presentaba una imagen de limpieza reciente. El cuerpo desnudo de un hombre cincuentón yacía en la cama boca abajo con la cabeza medio hundida  entre las sábanas brillosas por el  uso. Un charco de sangre se apreciaba  en la parte delantera del cuello, había sido degollado. No quiso darlo vuelta para no entorpecer  la tarea de los fotógrafos, ya habría tiempo para la identificación pero por la consistencia y el color de la sangre dedujo que el crimen había  ocurrido un par de horas atrás. Buscó sin suerte un cigarrillo que lo hiciera pensar pero se distrajo un rato mirando la noche por el vidrio sucio de la ventana. Una luz de neón parpadeaba inventando fantasmas en la pared de la habitación. Su visión experta recorrió con lentitud el sórdido cuarto deteniéndose en cada pequeño detalle. Buscó signos de violencia  pero no encontró ninguna  silla rota, ni tampoco  sábanas revueltas o sangre en los pisos  y en el baño lo que lo llevó a pensar que la víctima  había sido sorprendida por alguien de su confianza, alguien a quien le había dado su espalda. Descartó casi inmediatamente una relación homosexual, en ese hotel no se manejaban con ese tipo de clientes, por lo tanto se trataba de una asesina.
Sin tocar nada revisó detenidamente las ropas de la víctima, estaban prolijamente acomodadas en una silla. Eso hablaba de una persona ordenada que había llevado a su amante al hotel y había tenido tiempo de desvestirse sin apuro con una pasión controlada. No eran prendas de calidad sino todo lo contrario, se trataba de un hombre pobre, posiblemente un empleado de poca categoría. Sobre la mesa de luz descansaba una billetera  sin documentos personales y con muy poco dinero de manera tal que el móvil no pudo haber sido el robo. Tampoco la pasión, nada hacía  pensar que allí se había  producido una pelea entre amantes enloquecidos. Trató de hallar el arma homicida sin suerte. Tal vez la asesina hubiera planeado el crimen guardado el arma y salido tranquilamente del hotel sin despertar sospechas. Probablemente se trataba de una enferma, como una asesina serial o algo así.
Casi instintivamente se acercó a la cama y se inclinó sobre las almohadas olfateándolas profundamente. Un perfume barato y dulzón lo envolvió  y el archivo inefable  de su memoria se puso en funcionamiento. Entonces no tuvo dudas…¡Cómo conocía esos aromas!…Era el perfume típico de las prostitutas, único y deforme acercamiento, para el “monstruo” Mendez, hacia algo que se parecía al amor. En esa vida plagada de desencantos y espantosas escenas criminales no había tenido tiempo para el amor aunque él sabía muy bien que no era cuestión de tiempo. Toda la facilidad  que poseía para resolver crímenes difíciles  le faltaba para entablar relaciones  sanas con las mujeres que se le acercaban. Esa carga lo había llevado a contactarse con coperas y meretrices que suplantaron sus carencias con un afecto pagado con horas extras y coimas. Los ambientes sórdidos de la prostitución no le eran extraños, como a ningún policía y le permitían despojarse de la amargura y la desazón de su vida gris y miserable.
Y ahora esos aromas que conocía tan bien se le presentaban en la escena del crimen como la entrada a un gran laberinto misterioso y sensual. Pudo observar en el hundimiento de la almohada un fino cabello rubio, largo y sinuoso. No correspondía a la víctima, seguramente era de la autora del crimen. No estaba teñido, era rubio natural. La asesina pudo haber sido una prostituta rubia. En un solo instante los detalles  antes ínfimos fueron encajando en forma perfecta como las piezas de un rompecabezas siniestro. Este caso le recordó a otro de características similares: el tipo de hotel, el hombre desnudo y degollado, y ese perfume… Ese perfume barato y dulzón junto con el cabello rubio le trajeron la imagen inquietante de Olga. Aquella prostituta ucraniana, blanca, rubia y bella había sido el objeto de las sospechas del inspector Mendez  a causa del crimen anterior. La había estado buscado por el barrio del Once para interrogarla aunque si se daba la ocasión antes intentaría poseer esa piel de porcelana blanca que envolvía un cuerpo generoso. El “monstruo” siempre la había deseado. Olga poseía un encanto distinto que iba más allá de lo profesional pero su fama era tan elevada como su tarifa y Mendez, un pobre inspector, nunca llegaba a la cantidad de horas extras necesaria para requerir sus servicios. Por un momento volvió a distraerse mirando a través del vidrio sucio de la ventana e imaginando la sonrisa de Olga que lo alejaba del infierno de los crímenes y lo acercaba al paraíso del amor, cálido y reconfortante como un tazón de caldo en una noche fría de invierno…
Entonces recordó que Olga era zurda, y un zurdo que degüella realiza un corte de derecha a izquierda casi siempre ascendente. Sólo tenía que esperar que terminen los fotógrafos, dar vuelta el cadáver y fijarse cómo era el corte en el cuello para confirmar la telaraña de sospechas y teorías que inundaban  sus locos pensamientos de viejo policía… Se resistió un poco a la posibilidad de encontrar a Olga como culpable, no le gustaba la idea de encerrar a la única mujer que lo había hecho pensar en algo más que en una noche de sexo caro. Su raciocinio profesional lo alejaba del afecto no correspondido y luchaba denodadamente contra su corazón. Se sintió un fantasma ausente dentro del torbellino policial.
Con su voz desagradable  y chillona  irrumpió en la habitación el inspector Farías. Mendez no lo podía creer, Farías era un impertinente que solía entrometerse en sus casos más importantes entorpeciendo las investigaciones. La envidia lo había transformado en un perseguidor de Mendez y un arruinador profesional de toda pista que pudiera resolver un crimen.  Al parecer una vez más iba a tener que soportarlo y tratar de impedirle  que toque el cadáver. Pero le ganó el atropello de Farías quien sin saludar a nadie se avalanzó sobre el cuerpo y lo dió vuelta.
– Qué lástima… – dijo Farías- es  el “monstruo” Mendez, un buen policía, aunque un poco putañero…

FIN

Durante  las calurosas tardes de verano después de comer, me gusta descansar en el sillón de la biblioteca de la vieja casona,  frente a la ventana abierta. Me quedo  mirando  hacia  el jardín  del fondo donde  viven los narcisos, las rosas chinas  y los rododendros. También me distraen algunos juegos de los pequeños pájaros del vecindario que desafían las acechanzas de los gatos con hambre. Esas son mis horas preferidas, la señora Paulina suele estar durmiendo y no molesta con sus órdenes y los continuos reproches dirigidos a todo el mundo. Es cierto que ya es una dama de ochenta, pero desde que enviudó tiene la manía de pasarnos factura de todo lo que ha hecho en el pasado por nosotros.  Su hijo Víctor, un solterón malhumorado  y obsesivo de los horarios, a esta hora siempre escucha música clásica en su habitación para huir un poco de la realidad que lo empuja a una especie de autismo. La muchacha provinciana tiene la costumbre de terminar de limpiar todo y caminar por el barrio buscando chusmeríos o novios. La casona parece entonces deshabitada y pacífica. Por eso las horas de la tarde veraniega me deleitan, me apoltrono en el sillón tapizado con cuero recordando viejos tiempos y pensando vaguedades, lentamente  voy entrando  en un estado  somnoliento y  placentero  que  me deposita en la siesta acostumbrada.
Aunque aquella tarde  fue distinta,  había  en el aire una sensación  misteriosa y energética que acrecentaba  la percepción  de los sentidos, y entonces  la vi. Vino volando en zig-zag desde el jardín  y se posó con delicadeza  sobre  el marco inferior de la ventana abierta.  En mi larga vida debo haber visto miles de moscas, tal vez  cientos de miles,  sin embargo  ésta me pareció  fuera de lo común. Esta no era una mosca  como  las otras, se quedó parada sobre el marco  con bastante desparpajo,  sin darle importancia a mi presencia. Yo me mantuve  en total quietud  para no espantarla,  pero ella me miró desafiante  durante  un momento y entró volando a la biblioteca  por encima  de mi cabeza.  Después de describir dos elipses en el aire se detuvo sobre una lámpara Tiffany y se quedó observando los estantes pletóricos de libros. En toda la biblioteca no había una sola migaja de comida que pudiera atraer a una mosca,  su interés estaba enfocado a los libros añejos con lomos lujosamente encuadernados. Un pensamiento ilógico sobre la cultura de las moscas se insertó molestando mi observación. Ese tipo de divagues mentales suelen presentarse cuando estoy a punto de dormirme. De todas maneras la mosca volvió a llamar mi atención.
Levantó vuelo de improviso y se dirigió resuelta hasta el lomo de La Divina Comedia. Se paró en la parte superior, luciendo un tanto diabólica y comenzó a caminar hacia abajo, como quien desciende a los infiernos. Casi inmediatamente saltó hacia un costado sobre un Verne, después sobre un oscuro Baudelaire y luego sobre un deshilachado Rimbaud con una arrogancia afrancesada y levemente poética, como si quisiera demostrar su cultura ante el mundo. Se entretuvo algunos segundos higienizando sus patas delanteras y voló en círculos cerca del techo para amerizar, obstinada y valiente, sobre el lomo de El viejo y el mar. Allí pasó unos segundos hasta que empezó caminar sobre el lomo de Dr. Jeckill  Mr. Hyde, mostrando una actitud cambiante que fluía entre lo racional y lo monstruoso. Ante mi sorpresa eludió tres tratados de química y un grueso tomo sobre la influencia de las estadísticas  para detenerse sobre Rayuela de Cortázar, donde saltó en una pata de atrás para adelante y de adelante para atrás. Era evidente que su apetencia era la literatura. Pero no se contentó con la intelectualidad, confirmé al observarla volar hasta un ejemplar de Siddharta que también le interesaba el espíritu. Allí adoptó una posición parecida a la de la flor de loto, como si fuera el viejo sabio Vasudeva, quedando inmóvil durante tres minutos. Otro pensamiento delirante sobre la reencarnación de los insectos amenazó interrumpir la observación de un fenómeno tan particular, pero pude volver a concentrarme en la realidad.
El curioso díptero levantó vuelo lentamente, vagó inspeccionando los demás muebles de la sala hasta que por fin se decidió por el gran piano de cola Düsseldorf reluciente y oscuro. Al posarse en una tecla negra desapareció por un instante pero surgió inmediatamente al descansar sobre la tecla blanca siguiente. Sobre el atril había una partitura abierta y con cierta gracia la mosca pasó de las teclas a la partitura. Una vez allí caminó sobre cada una de las letras del título de la composición. F-Ü-R-E-L-I-S-E, “Para Elisa” de Beethoven. Con un pequeño salto cayó sobre la clave de Sol y luego sobre el ritmo de tres por ocho. Sin que mediara ninguna razón aparente comenzó a dar pequeños saltitos sobre el tres por ocho… undos tresúndos tresún… Mi asombro no dejaba de crecer cuando ese increíble insecto empezó a recorrer las notas una por una. Mi, Re sostenido, Mi, Re sostenido, Mi, Do, Mi bemol, Do, La, silencio de semicorchea y así hasta el fin de  los primeros cinco compases. Cuando terminó volvió a realizar la misma tarea pero ahora sobre el acompañamiento de la otra mano a partir de la clave de Fa. Esto me pareció una situación fuera de lo común, sin embargo yo ignoraba que lo maravilloso todavía estaba por ocurrir.
La mosca volvió a volar sobre el teclado, se posó sobre el Mi y sin tocar la tecla repitió los saltitos del ritmo…undos tresúndos tresún… Seguramente su peso no era suficiente para producir sonido, pero entonces comenzó el espectáculo más fantástico que mis ojos hayan presenciado. Voló sobre las teclas correspondientes a la melodía de “Para Elisa” y yo, que la conocía a la perfección la seguí con la mirada : Mi, Re sostenido, Mi, Re sostenido, Mi, Do, Mi bemol, Do, La…y así hasta completar los cinco compases  incluyendo el silencio de semicorchea donde se detuvo por un segundo. Cuando finalizó el quinto compás volvió al Mi y ejecutó otra vez los cinco compases con el agregado de empezar con cierta dulzura y acentuar levemente el La y el Si de las ligaduras. La mosca no había hecho otra cosa que aprender la partitura para después interpretarla en el teclado. Le había bastado con leer una vez para aprender a tocar esos cinco compases. La increíble escena me produjo tanto estupor que me incorporé del sillón de un salto, eso la espantó y se apuró en volar hacia el jardín a través de la ventana dejando atrás mi asombro y una ejecución inconclusa.

Yo me había quedado sin el insecto virtuoso pero había presenciado un hecho mágico y revolucionario. Tuve el inmediato deseo de llamar a los habitantes de la casona y contarles lo que había visto. El corazón se me salía del pecho y se me anudaba la garganta. Qué poco sabe la humanidad de los animales, creo que a veces la soberbia impide al hombre apreciar aspectos insólitos de la realidad. Un inevitable impulso de justicia y de revelación inundó mi espíritu y casi me lleva a despertar a la señora Paulina y a su hijo para que supieran que había encontrado a un miembro del reino animal con una capacidad nunca vista. Después reflexioné y calmé mis ansias. Imposible para mí revelar una experiencia semejante, después de todo, yo soy sólo una pobre y vieja gata siamesa.

Opté entonces por volver sobre mis pasos, lamerme los bigotes y acomodarme en el sillón de la biblioteca para dormir mi acostumbrada siesta gatuna.

FIN

L A   D A M A  S E   E N T R E G A

Jean Pierre Rampal y Claude Boulin endulzan el pequeño living con su música. Los sábados por la noche en el comienzo del otoño suelen ser dulzones. Una garúa cómplice censura miradas ajenas sobre la ventana. Si tuviéramos que elegir por algún esotérico designio, una noche para morir, todos elegiríamos una como ésta…La lluvia suave y la temperatura cálida ayudan a moderar el alma que se mueve con lentitud, sin apremios.
Sus oscuros cabellos me llaman, me reclama el encanto sinuoso de su vestido negro y brillante. Trato de disimular esa atracción acomodando despaciosamente las piezas de ajedrez en el tablero, finjo concentración y dispongo todo como para que al comenzar el juego me toquen las blancas, pero sucumbo finalmente a sus redondeces lozanas. El ajedrez me gusta, me encanta jugarlo, pero puedo prescindir de él. Acaricio suave a la Dama negra, sin embargo el vestido brillante me desconcentra. Ella me hipnotiza, me imanta hasta convertirse en una necesidad imperiosa… Me dirijo hacia su humanidad esplendorosa sin  la tranquilidad de otras veces, hoy está más bonita que nunca. Cada vez que la veo a los ojos siento la misma inquietud, la misma espectativa del riesgo inminente, aún así tengo que tomar la iniciativa. La propuesta de tomar un Cognac no es original, pero surte efecto y la contestación no tarda en llegar.

Blancas:Peón 4 Rey.
Negras:Peón 4 Rey.

Me siento cómodo con su respuesta. No hubiera tolerado otra. Tal vez mi inseguridad no me permita aceptar lo extraño, lo que esquiva atrevidamente  las reglas. Sin embargo, su sonrisa seductora y sus movimientos cuidadosamente felinos, terminan por atraer mi atención. Una ingenua malicia se le instala en los ojos. Ahí está su arma principal, su mayor encanto. La mixtura mortal de lo angelical en un cuerpo diseñado por el demonio. La penumbra de su pequeño departamento es acogedora y favorece el lento placer de las miradas, el análisis de las formas y las posibilidades de gestos disimulados y atractivos. Mis ojos van de sus ojos a la pequeña biblioteca al lado de la ventana. Quiero saber qué puede estar leyendo, como si eso me diera una tranquilidad estratégica. Pero finalmente comprendo que no es demasiado importante. No puedo descuidar su mirada sobre la mía. El instinto comienza a moverse en las venas. Me siento a su lado.

Blancas:Caballo 3 alfil rey.

Las pupilas se le dilatan, realzando unos hermosos ojos del color de la miel. Los rasgos perfectos de su rostro son los de una diosa griega, sin embargo la actitud no es fría. Se humedece distraída e imperceptiblemente los labios, pero no se apura… Se nota que sabe dominar su tensión. Arregla descuidadamente un mechón de su pelo. Respira hondo como meditando su próxima actitud, consciente de que la ingenua simpleza atrae más que lo artificial. Afuera la garúa ha cesado y a vuelto a comenzar, indecisa  y misteriosa…Cruza delicadamente sus piernas.

Negras: Caballo 3 alfil Dama.

En el ambiente flota la atmósfera que precede al combate frontal, donde la habilidad y la sed de conquista animan a los dos bandos por igual. No hablamos, dejamos que un silencio neutro se instale entre su cuerpo y el mío. Simplemente bebemos Cognac mirando en la profundidad ámbar de las copas. Un instinto atávico espera impaciente en las entrañas suavizado imperceptiblemente por la música. Delicadamente comenzamos a generar un estudio de movimientos, no exento de sensualidades vagamente insinuadas. La mirada no debe apartarse del objetivo, mientras tanto, mi mano roza la suya.

Blancas: Alfil 4 alfil Dama.

Ella no acusa el impacto, aceptando la caricia. Sonríe, segura de sí misma…No deja de mirar alrededores vagos. No puedo evitar ciertas dudas estratégicas. ¿Mi actitud será la correcta? ¿Qué es lo que espera exactamente ella de mí?¿Le gustará mi forma de abordar la relación, o todo se arruinará en estos primeros momentos? Demasiadas preguntas y pocas respuestas, eso no es bueno en una partida de ajedrez y tampoco en una relación.  Nunca terminaré de conocerla del todo, su personalidad no se descubre en los primeros momentos de la charla, y eso la hace más atractiva, aunque posiblemente inalcanzable. Daría cualquier cosa por estar en sus pensamientos, en el cuartel general de planeamiento de su cerebro, pero allí  el acceso está restringido. Nada hay que descubra sus emociones, ninguna demostración de debilidad, aunque no podría asegurar que es fría. Con lentitud acaricia el borde de su copa de Cognac y me clava la mirada.

Negras:Alfil 5 caballo Rey.

Le pregunto alguna nimiedad, en realidad quiero probar si está nerviosa.Me contesta en el mismo tono. A veces las palabras suenan huecas, sin sentido. Pero tengo que admitir que no hay otra posibilidad. Todo esto forma parte de un ritual innecesario, muchas veces vulgar y sin encanto alguno, pero detrás de nuestras palabras son otros los intereses. Las voces de ambos empiezan a sonar  profundas, susurradas desde lo íntimo, y eso importa más que los significados reales de las palabras. Algo tiene que ver la finalización de la garúa y también que  Rampal y  Boulin ya no tocan.
Lo tenso deja paso a lo dulce. Hay danza en el diálogo, hay partitura en las palabras. Los velos de la seducción mutua se deslizan casi naturalmente. Todo reside en el dominio no manifiesto de la potencia de la naturaleza animal. Un pequeño sorbo a mi Cognac lubrica la ansiedad seca de mi garganta. Lo saboreo con ampulosidad mostrándome sin pudores, mi tranquilidad es, sin embargo, simulada.

Blancas: Caballo 3 alfil Dama.

Ella sabe, pero no cede. Siente, pero no otorga. Una irresistible sonrisa virginal quiere dominar las acciones. La bocina de un automóvil no la desconcentra. Su papel es el de un samurai a la defensiva, esperando el momento de la estocada mortal. Hay pausa en el diálogo, entonces opto por levantarme y encender nuevamente el CD.
Rampal y Boulin aprovechan para matizar con sus cadencias intercalando la dulzura en la dulzura.  Se para y se da vuelta fingiendo mirar un cuadro. Pero el tiempo se desgrana tiranizando a la tercera dimensión y su ansiedad le juega una mala pasada. Deja nerviosamente su Cognac sobre la mesita No soporta la espera, el letargo rígido de la inacción, quiere cazar. Un ínfimo brillo en los ojos la delata segura, invencible en la penumbra. Se vuelve hacia mi y sonríe ambiciosa, anhelante, descubierta.

Negras: Caballo 5 Dama (?).

Ha cometido un error. Suena increíble, pero ha cometido un error. El instinto y el intelecto me confirman su pequeña equivocación, tengo que aprovechar el momento propicio. El aire comienza a vibrar y el tiempo de los movimientos especulativos está agonizando. Invoco a los duendes embriagados y fabularios. Le hablo de mí, de mis sentimientos hacia ella, de lo mucho que esperé este momento. Usando mi femineidad voy en busca de la suya… Le muestro mis debilidades más íntimas en una insólita confesión. Me entrego casi mansamente, fingiendo un error, una posición inferior.

Blancas: Caballo por peón (?) (!).

Sus narinas se dilatan denunciando profunda respiración. La boca, estudiadamente entreabierta, parece absorber toda la energía del ambiente. Otra vez esa sonrisa maliciosa que me enloquece. Su pecho se infla por la emoción, por la  ancestral certeza de la captura de la presa. Entrecierra los ojos, se inclina hacia mi creyendo que me tiene a su merced, se apresta a burlarse de mis pobres sentimientos, a destrozar mis defensas anímicas y a enrostrarme con crueldad asesina su negativa. Se yergue soberbia, colosal.

Negras: Alfil por Dama.

Era lo que yo esperaba. Ella se prepara para la estocada al corazón y el triunfo. Ahora si puedo adivinar sus pensamientos enceguecidos por el orgullo  de saberse fatalmente ganadora. Cree haber calculado sus movimientos a la perfección y por lo tanto no ve ningún peligro, nada sospechoso ni fuera de lugar. Simplemente se sentará a esperar mi rendición para dejar en claro su superioridad femenina y mortal. En estos momentos experimenta la sensación que el tiempo le pertenece, que lo puede manejar a voluntad como un dios mitológico y cruel. Todas las apariencias la llevan a sentirse segura, demasiado segura. En el exterior la luz cortante de un relámpago blanquea la escena en la pequeña habitación. Llega mi momento, la estrategia dió resultado. Dejo mi copa… Me paro frente a ella. Me acerco.

Blancas:Alfil  por peón +(Jaque).

Parece sorprendida. Los tiempos se precipitan, se agita la respiración y se aceleran las palpitaciones felinas. No está cómoda y se le nota. Es una gacela perdida en el bosque tormentoso y agresivo. Pero el miedo no le permite huir, la paraliza. Agita más y más su repiración temblorosa. Retrocede sin mirar atrás buscando una salida, pero sabe que está acorralada, vencida totalmente. Es mía, definitivamente mía.

Negras: Rey 2 Rey.

Una lluvia de apocalíptica furia se ha desatado en la ciudad, ya no hay retorno. Los relámpagos estallan en las copas y en los aceros de los cuchillos. El final es inevitable, pasional y demoledor. El cazador ha sido cazado. La tomo de la cintura y la beso profundo y agresivo. Ella se deja besar sin oponer ninguna resistencia, sin delimitar territorios. La pasión estalla entre las bocas antes nerviosas, antes ausentes, ahora húmedas. Un torrente rojo se mezcla con un torrente negro. Ella cede ante el ardor, flexible en la derrota dulce, imprevista y temprana.

Blancas:Caballo 5 Dama +mate.

– Le juro oficial, que yo la quería como loco, aunque dicen que la locura es una enfermedad. Pero yo no estoy enfermo, estoy perfectamente bien. Es más, podría jugar una partida a muerte con cualquier jugador de categoría…Porque yo llegué a ser un jugador de categoría 2º, casi de 1º. Si hasta llegué a jugar con el ruso Goroyevsky… ¿No me podría conseguir un cigarrillo?
– Tranquilícese, trate de explicar los hechos sin hablar de ajedrez. El ajedrez aquí no tiene nada que ver.
– ¿Cómo que no tiene nada que ver? El ajedrez está relacionado con todo. Con la vida…y con la muerte…
– En fin, pero usted dijo que la quería. ¿Cómo la conoció?
– En el Club de Ajedrez, yo solía ir de vez en cuando a tomar algo con mis amigos y a despuntar el vicio de este juego mágico y visceral. Hasta que un día la ví y me enamoré al instante. Estaba recostada sobre la barra y me miraba con esos ojos color miel. Cuando me acerqué supe que buscaba un profesor para aprender a jugar y me ofrecí. Lo demás fue tan previsible… Pero yo a ella la quería…, qué digo la quería, la amaba. Nunca me había pasado que una mujer vital, joven y  endiabladamente bella me llevara el apunte. Jugábamos casi todos los días y luego hacíamos el amor como dos adolescentes sin importar el resultado. Ella había aprendido bastante bien aunque todavía le faltaba un poco de malicia. Pero siempre hubo un respeto entre nosotros. Por eso me hizo muy mal verla así, toda ensangrentada, ella que siempre estaba impecable con ese vestido negro brillante… Ella podría haber evitado toda esta masacre y podría estar ahora a mi lado.
– ¿Y ella cómo  podría haber evitado la masacre?
– No tomando mi Dama, es increíble que no conociera esa celada tan simple. Me comió la Dama, ella sabía que a mi no me gusta que me coman la Dama… ¿Qué le voy a hacer?..La tuve que matar”.

F I N

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