Durante  las calurosas tardes de verano después de comer, me gusta descansar en el sillón de la biblioteca de la vieja casona,  frente a la ventana abierta. Me quedo  mirando  hacia  el jardín  del fondo donde  viven los narcisos, las rosas chinas  y los rododendros. También me distraen algunos juegos de los pequeños pájaros del vecindario que desafían las acechanzas de los gatos con hambre. Esas son mis horas preferidas, la señora Paulina suele estar durmiendo y no molesta con sus órdenes y los continuos reproches dirigidos a todo el mundo. Es cierto que ya es una dama de ochenta, pero desde que enviudó tiene la manía de pasarnos factura de todo lo que ha hecho en el pasado por nosotros.  Su hijo Víctor, un solterón malhumorado  y obsesivo de los horarios, a esta hora siempre escucha música clásica en su habitación para huir un poco de la realidad que lo empuja a una especie de autismo. La muchacha provinciana tiene la costumbre de terminar de limpiar todo y caminar por el barrio buscando chusmeríos o novios. La casona parece entonces deshabitada y pacífica. Por eso las horas de la tarde veraniega me deleitan, me apoltrono en el sillón tapizado con cuero recordando viejos tiempos y pensando vaguedades, lentamente  voy entrando  en un estado  somnoliento y  placentero  que  me deposita en la siesta acostumbrada.
Aunque aquella tarde  fue distinta,  había  en el aire una sensación  misteriosa y energética que acrecentaba  la percepción  de los sentidos, y entonces  la vi. Vino volando en zig-zag desde el jardín  y se posó con delicadeza  sobre  el marco inferior de la ventana abierta.  En mi larga vida debo haber visto miles de moscas, tal vez  cientos de miles,  sin embargo  ésta me pareció  fuera de lo común. Esta no era una mosca  como  las otras, se quedó parada sobre el marco  con bastante desparpajo,  sin darle importancia a mi presencia. Yo me mantuve  en total quietud  para no espantarla,  pero ella me miró desafiante  durante  un momento y entró volando a la biblioteca  por encima  de mi cabeza.  Después de describir dos elipses en el aire se detuvo sobre una lámpara Tiffany y se quedó observando los estantes pletóricos de libros. En toda la biblioteca no había una sola migaja de comida que pudiera atraer a una mosca,  su interés estaba enfocado a los libros añejos con lomos lujosamente encuadernados. Un pensamiento ilógico sobre la cultura de las moscas se insertó molestando mi observación. Ese tipo de divagues mentales suelen presentarse cuando estoy a punto de dormirme. De todas maneras la mosca volvió a llamar mi atención.
Levantó vuelo de improviso y se dirigió resuelta hasta el lomo de La Divina Comedia. Se paró en la parte superior, luciendo un tanto diabólica y comenzó a caminar hacia abajo, como quien desciende a los infiernos. Casi inmediatamente saltó hacia un costado sobre un Verne, después sobre un oscuro Baudelaire y luego sobre un deshilachado Rimbaud con una arrogancia afrancesada y levemente poética, como si quisiera demostrar su cultura ante el mundo. Se entretuvo algunos segundos higienizando sus patas delanteras y voló en círculos cerca del techo para amerizar, obstinada y valiente, sobre el lomo de El viejo y el mar. Allí pasó unos segundos hasta que empezó caminar sobre el lomo de Dr. Jeckill  Mr. Hyde, mostrando una actitud cambiante que fluía entre lo racional y lo monstruoso. Ante mi sorpresa eludió tres tratados de química y un grueso tomo sobre la influencia de las estadísticas  para detenerse sobre Rayuela de Cortázar, donde saltó en una pata de atrás para adelante y de adelante para atrás. Era evidente que su apetencia era la literatura. Pero no se contentó con la intelectualidad, confirmé al observarla volar hasta un ejemplar de Siddharta que también le interesaba el espíritu. Allí adoptó una posición parecida a la de la flor de loto, como si fuera el viejo sabio Vasudeva, quedando inmóvil durante tres minutos. Otro pensamiento delirante sobre la reencarnación de los insectos amenazó interrumpir la observación de un fenómeno tan particular, pero pude volver a concentrarme en la realidad.
El curioso díptero levantó vuelo lentamente, vagó inspeccionando los demás muebles de la sala hasta que por fin se decidió por el gran piano de cola Düsseldorf reluciente y oscuro. Al posarse en una tecla negra desapareció por un instante pero surgió inmediatamente al descansar sobre la tecla blanca siguiente. Sobre el atril había una partitura abierta y con cierta gracia la mosca pasó de las teclas a la partitura. Una vez allí caminó sobre cada una de las letras del título de la composición. F-Ü-R-E-L-I-S-E, “Para Elisa” de Beethoven. Con un pequeño salto cayó sobre la clave de Sol y luego sobre el ritmo de tres por ocho. Sin que mediara ninguna razón aparente comenzó a dar pequeños saltitos sobre el tres por ocho… undos tresúndos tresún… Mi asombro no dejaba de crecer cuando ese increíble insecto empezó a recorrer las notas una por una. Mi, Re sostenido, Mi, Re sostenido, Mi, Do, Mi bemol, Do, La, silencio de semicorchea y así hasta el fin de  los primeros cinco compases. Cuando terminó volvió a realizar la misma tarea pero ahora sobre el acompañamiento de la otra mano a partir de la clave de Fa. Esto me pareció una situación fuera de lo común, sin embargo yo ignoraba que lo maravilloso todavía estaba por ocurrir.
La mosca volvió a volar sobre el teclado, se posó sobre el Mi y sin tocar la tecla repitió los saltitos del ritmo…undos tresúndos tresún… Seguramente su peso no era suficiente para producir sonido, pero entonces comenzó el espectáculo más fantástico que mis ojos hayan presenciado. Voló sobre las teclas correspondientes a la melodía de “Para Elisa” y yo, que la conocía a la perfección la seguí con la mirada : Mi, Re sostenido, Mi, Re sostenido, Mi, Do, Mi bemol, Do, La…y así hasta completar los cinco compases  incluyendo el silencio de semicorchea donde se detuvo por un segundo. Cuando finalizó el quinto compás volvió al Mi y ejecutó otra vez los cinco compases con el agregado de empezar con cierta dulzura y acentuar levemente el La y el Si de las ligaduras. La mosca no había hecho otra cosa que aprender la partitura para después interpretarla en el teclado. Le había bastado con leer una vez para aprender a tocar esos cinco compases. La increíble escena me produjo tanto estupor que me incorporé del sillón de un salto, eso la espantó y se apuró en volar hacia el jardín a través de la ventana dejando atrás mi asombro y una ejecución inconclusa.

Yo me había quedado sin el insecto virtuoso pero había presenciado un hecho mágico y revolucionario. Tuve el inmediato deseo de llamar a los habitantes de la casona y contarles lo que había visto. El corazón se me salía del pecho y se me anudaba la garganta. Qué poco sabe la humanidad de los animales, creo que a veces la soberbia impide al hombre apreciar aspectos insólitos de la realidad. Un inevitable impulso de justicia y de revelación inundó mi espíritu y casi me lleva a despertar a la señora Paulina y a su hijo para que supieran que había encontrado a un miembro del reino animal con una capacidad nunca vista. Después reflexioné y calmé mis ansias. Imposible para mí revelar una experiencia semejante, después de todo, yo soy sólo una pobre y vieja gata siamesa.

Opté entonces por volver sobre mis pasos, lamerme los bigotes y acomodarme en el sillón de la biblioteca para dormir mi acostumbrada siesta gatuna.

FIN

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