FANTASMAS  DEL  INTERNACIONAL

Talcahuano y Lavalle. Sentado junto a la ventana del Café Internacional, un sesentón Banegas miraba su propia cara en el vaso de ginebra. Un rostro duro, condecorado con alguna cicatriz de un pasad0 retobón y peleador se reflejaba en el pequeño espejo aguardentoso. De tanto en tanto parecía hablar en voz baja con alguien invisible para cualquier parroquiano, pero no para él. Afuera, un Ford T último modelo se abría paso en la calle empedrada compitiendo desleal y prepotente con un carro lechero amorosamente fileteado. “Buenos Aires ya no es la misma”…, pensó, “demasiadas ruedas, demasiado metal, demasiadas luces y pocos patriotas dispuestos  a jugársela en alguna esquina”. Como en la revolución del  ’90,  aquél farol de hierro fundido lo contemplaba desde la placita. Estaba rodeado por un palenque para los caballos y un bebedero que había sido el mudo testigo de su decadencia.
Más allá, a unos cincuenta metros estaba la tienda caótica y colorinche del turco Abdala, su próximo encargo. El turco se había metido fiero con el Doctor Lynch, y algo había que hacer para remediar una situación así. Era algo totalmente inaceptable para cualquier político respetable. Y no es que el Doctor se lo hubiese pedido, pero le hizo saber su molestia y para el viejo Banegas eso era más que suficiente, aún cuando le faltaba entusiasmo para encarar una tarea de esta índole. Ya se imaginaba la escena con Abdala y su familia, encima con las mujeres de los turcos, que son tan pechugonas como exageradas en sus gritos y sus llantos. Y él no andaba con intenciones de escuchar aquellas voces. Por eso daba vueltas como un perro antes de acostarse, sin enfilar directamente hacia ningún sitio.  A Banegas sólo le quedaban los fantasmas y ese vaso de ginebra que ni siquiera se animaba a tomar de un trago, como antes, cuando trabajaba para el Doctor Lynch.
Un pibe se le acerca pidiéndole algo, le hace recordar su infancia pobre y dura en Barracas. Lo enternece ese muchachito de previsible destino, de violencia marginal, de crueldades cotidianas. Sin embargo no lo escucha, le impresiona más esa imagen de ciudadana desprotección que lo lleva a la fotografía mentirosa de un padre que nunca estuvo. Con una caricia y unos pocos centavos se lo saca de encima, queriendo borrar el pasado.
-¿Todavía no se fué, Banegas?- surgiendo del humo de los parroquianos, la silueta joven y amenazante de Arregui presagiaba fatalidad.
El viejo, instintivamente llevó la mano al cuchillo de la faja, como si eso le diera seguridad, aun cuando sabía que aquél muchacho presuntuoso tenía,sin dudas, una pistola.
– No,… todavía no- la respuesta fue cansina y la economía de palabras la otorgaba la experiencia.
– Mire Banegas, usted es un hombre grande y por eso lo respeto. Pero ya va siendo hora de ir buscando otros horizontes, tiene que darse cuenta cuál es su situación…
– Ahá,…y…¿Cuál sería mi situación?- preguntó Banegas sabiendo a la perfección la respuesta.
Sin pedir permiso Arregui se sentó frente al viejo, los ojos fijos, la expresión pétrea. Banegas no le aflojó la mirada, pero le repitió la pregunta mecánica que inevitablemente sonaba como un ruego. La respuesta cayó como un veredicto preconocido.
– El Doctor Lynch ya no lo necesita, ahora yo le estoy manejando el comité.-sentenció Arregui sonriendo con malicia.
-¿Manejando el comité o los comicios?- dijo irónicamente Banegas.
– Usted sabe bien que son la misma cosa, que los años no pasan en vano Banegas, la política ya no es lo que era.- las palabras de Arregui eran una daga sutil revolviendo una herida fresca.
– ¿Y qué es lo que sabe de política un pobre mercenario que todavía no aprendió a  afeitarse?-reflexionó socarronamente Banegas. Todavía le quedaban fuerzas y picardía para el duelo verbal.
– No me corra con la vaina, viejo, le puedo meter un chumbo en cualquier momento. Por lo pronto se que usted ya no es el mismo, ha estado perdiendo el respeto de casi todo San Telmo, por no decir de su propio barrio. En el lomo se le empiezan a notar los achaques y los encontrones. Lezama ya no le responde, y le llegó la hora de retirarse, aunque se niegue a aceptarlo. Hasta le han visto el miedo entreverado en los ojos…Y cuando el miedo llega aparecen los renuncios y se esfuma la parada…Usted era bastante bueno con el cuchillo pero… ¿Cuánto hace que no saca el cuchillo Don Banegas?
–  Hace mucho pibe, hace mucho…Antes yo también creía que en la política se podían hacer algunos ajustes mostrando el cuchillo… Pero ya no lo saco si no lo voy a usar.-la mano callosa y avejentada acariciaba el mango del cuchillo que tantas veces lo salvó de la parca.
– ¿No se da cuenta que todos lo están viendo caer?¿Por qué no termina con todo esto y se manda a mudar? El  tiempo se le está acabando, Banegas… Todavía puede tener una vida digna lejos de aquí.
– ¿Una vida digna?¿Qué sabrás vos de eso? Si nunca te enfrentaste mano a mano con nadie. Si la dignidad fuera matar gente de un tiro por la espalda vos serías un traidor muy digno.
– En lugar de torearme tendría que pensar en cuidar su pellejo.-dijo Arregui alzando la voz- Váyase, antes de que sea tarde…No me faltan las ganas de meterle un buen tiro en las entrañas.¿O acaso eso es lo que anda buscando?…Claro que sí, lo que le pasa es que tiene el peor de todos los miedos, el miedo a la vejez. Ahora me doy cuenta, no quiere verse destruído por los años y los achaques de un anciano, tiene miedo de esperar la muerte sentado en un bar como éste.
– Puede ser, pibe…puede ser. A veces la parca no viene aunque la llames, se hace la distraída….
– Por eso es que me provoca, quiere que me enoje y lo mate. El renombre que estoy teniendo estos últimos días le viene muy bien, no es lo mismo que lo mate cualquiera. Eso está claro, es preferible morir en mis manos que envejecer sin pena ni gloria.
– No te dés corte Arregui, que no sos tan importante. Es cierto que he venido a morir, pero no en tus manos.- respondió Banegas mirando la copa de ginebra.
– Lo que pasa es que no se anima a pelear, viejo maula, no le sale la bravura de otras épocas. Necesita calentura, odio, la sangre corriendo a borbotones por el cuello y ya no le queda nada de eso. Pero yo le voy a dar una mano, no necesito mucho para hacerlo calentar- dijo Arregui arrancándole de las manos el vaso de ginebra y tomándola de un trago en una clara actitud provocativa-¿Le parece suficiente, viejo cobarde?
Casi por primera vez Banegas bajó la mirada cansada meneando la cabeza. Después miró a los ojos a su oponente con cierta melancolía, como quien contempla un hijo que se le va junto al tiempo.
– ¿Sabés una cosa Arregui? Tenías razón, le tengo miedo a la vejez, no quería verme destruído por los achaques de una enfermedad lenta que me lleve a una muerte esperada. Nosotros no podemos morir así, como mueren casi todos los hombres comunes, no podemos… Tenías razón en casi todo, he pensado en morir pero no en una pelea con vos, quise venir a este café , donde todavía viven algunos de los fantasmas de la revolución del 90, para suicidarme. Quería morir junto a estos viejos fantasmas, muchos de ellos fueron compañeros míos en alguna que otra revuelta…  Si, no me mirés así, después de tanto matar gente sin motivo ya no quiero que hagan lo mismo conmigo, y menos por proteger a un doctorcito de éstos, estoy cansado de esperar a la parca a la salida de un comité. En realidad, ya casi ni voy al comité…¿Para qué? Asi que decidí terminar con mi vida bebiendo una ginebra envenenada, pero vos me lo impediste pibe, me dejaste sin mi muerte soñada.Donde menos lo esperás salta la liebre… Me condenaste a morir de viejo en algún conventillo por tu imprudencia y tu orgullo pavote. Me privaste del más corajudo de los lances… Me dijeron que este veneno no produce dolor y actúa rápido, como a vos te gusta…
Los parroquianos y los fantasmas del Café Internacional vieron levantarse al viejo Banegas mientras salía lento y cansino ajustándose el pañuelo de seda y el sombrero gris. Ante la fatal pelea malograda, algunos fantasmas pensaron que Buenos Aires ya no era la misma… Sobre la mesa húmeda y pegajosa del Internacional, Arregui dormía una borrachera eterna de ginebra .A las armas las carga el diablo, pero a los vasos de ginebra envenada se los toman los imprudentes… El Café Internacional tenía un nuevo fantasma.

FIN

Anuncios