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El anciano vestido de rojo pasaba desapercibido en medio de la multitud que viajaba en subte. En Avenida de Mayo y Cerrito subió las escaleras que lo depositaron en la vereda y caminó dispuesto a captar clientes. Trató de elegir los candidatos por su aspecto, se acercó a los que parecían más desesperados, a los deprimidos y a los que no tenían una sola esperanza.

Les ofreció su mercancía pletórica de bienestar, de lujos y comodidades a cambio de sus corazones, pero uno a uno los posibles clientes lo fueron rechazando. Incluso algunos apurados se lo llevaron por delante, ensimismados en sus urgencias y problemas. Lo primero que comprobó el anciano vestido de rojo fue que la mayoría de la gente lo ignoraba, pero no porque hubiera abundancia ni bienestar… sino por una carencia. El viejo comprendió muy bien lo que pasaba, se dió cuenta que lo que les faltaba a sus clientes no eran los placeres que él les vendía…

Bajó corriendo las escaleras del subte y cuando volvió a la calle se puso a vender corazones…

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La caverna intrincada y oscura era el escenario tétrico del gran juicio. La hechicera sentada, herética, segura e implacable esperaba por los tres acusados que aparecieron de a poco en la penumbra de la cueva. Ningún sonido, ninguna exclamación, casi no había emoción en el aire.

Los tres acusados tomaron su lugar como siguiendo los movimientos de un antiguo rito de iniciación. La verdad, el amor y la comprensión esperaban pacientes su sentencia.

La verdad era acusada de vestir ropas ajenas y de una morbosa inclinación hacia los disfraces.

El amor era acusado de permanecer con los ojos cerrados y de un cierto desinterés por las cosas materiales.

La comprensión, a su vez, tenía sobre sus espaldas la acusación de no facilitar en encuentro entre la verdad y el amor.

Pacientemente la hechicera mezclaba las pociones sin reparar en la premura del juicio. Su tiempo era un tiempo flácido, cambiante y escurridizo, su cara denotaba la fuerza de su fe, la explosión de lo inevitable, la seguridad de ser…

Las falsas creencias, los pensamientos idiotas y los miedos revoloteaban torpemente alrededor del caldero presagiando una condena, una eterna condena. Un águila inevitable y oscura planeaba en las mentes.

Pero la hechicera no hacía caso de los revoloteos, con una seguridad ancestral y una femenina sonrisa seguía con su alquimia ritual invocando las fuerzas de la madre naturaleza. El líquido del caldero se conmovió y empezó con los primeros borbotones iluminando la caverna.

Fue entonces cuando el amor abrió los ojos y conoció a la verdad, la verdad se desnudó y escuchó a la comprensión hablar del amor y la comprensión unió las manos de los acusados…

En ese momento la hechicera logró su poción mágica perfecta, dió de beber a los tres acusados… y logró la absolución.

“Voy a recorrer el cuerpo y vuelvo” le dijo el escalofrío a su esposa….

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