El anciano vestido de rojo pasaba desapercibido en medio de la multitud que viajaba en subte. En Avenida de Mayo y Cerrito subió las escaleras que lo depositaron en la vereda y caminó dispuesto a captar clientes. Trató de elegir los candidatos por su aspecto, se acercó a los que parecían más desesperados, a los deprimidos y a los que no tenían una sola esperanza.

Les ofreció su mercancía pletórica de bienestar, de lujos y comodidades a cambio de sus corazones, pero uno a uno los posibles clientes lo fueron rechazando. Incluso algunos apurados se lo llevaron por delante, ensimismados en sus urgencias y problemas. Lo primero que comprobó el anciano vestido de rojo fue que la mayoría de la gente lo ignoraba, pero no porque hubiera abundancia ni bienestar… sino por una carencia. El viejo comprendió muy bien lo que pasaba, se dió cuenta que lo que les faltaba a sus clientes no eran los placeres que él les vendía…

Bajó corriendo las escaleras del subte y cuando volvió a la calle se puso a vender corazones…

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